miércoles, 3 de junio de 2009

Requiem para Ruffo




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LLegó a nuestras vidas un 08 de enero de este año y era un bebé travieso y encantador. Como en un juego Educativo para PC que le compré a mi Lucerito, el personaje animado ademas de una graciosa niña era el osito Rufo; le pusimos de nombre Ruffo. Lo trajo mi hija Jacquie y él nos adoptó como a su familia, pues apenas llegó con menos de un mes de nacido. A golpe de batido de comida para cahorros fue creciendo y le puso el calor, primero de un bebé, luego el de un infante travieso y terremoto; arrasaba con zapatos, medias, toallas y ultimamente ayudaba a bajar la ropa seca de los tendederos pero no para guardalo sino para tirarse a pierna suelta sobre estas.



Al principio no podía subir a las camas, pero con tres meses ya era un robusto adolescente que luchaba por un espacio en su familia; se subia a la silla del comedor de diario en la cocina y con su mirada de niño bueno exigia su comida; poco le faltaba pedir sus cubiertos.



En los sofás tenia su propio asiento y de cuando en cuando su atención era captada por la televisión.



¡ Doña Noemi (ahora se hace llamar Violeta) o sea mi esposa, acuñó varias frases:



- ¡Ruffo mi perro diferente! - ¡Ese es mi hijo huevón!! - Nieto querido!.


Imaginense si era la imagen de su mesenger. Claro, era el nieto. Y cada vez que ella llegaba del trabajo, Ruffo estaba presto a recibirlo en la puerta; y ¡ ya estaba incluso casi del mismo tamaño!!.






Siempre me dio su afecto sincero, cada vez que se subia a mi cama a tirarse de largo, o cuando tenía que perseguirlo para quitarle ya una media o un zapato o las llaves o lo que podía agarrar para llevarselo y simplemente; destrozarlo.




Nos hizo ser mas ordenados, ninguna puerta debía estar abierta porque él estaba listo a "robar" lo que podía.




Por más que cuidabamos que no lo haga, le gustaba tomar agua del inodoro y luego con sus pata mojadas al salir de la tina de la ducha, dejaba unas hermosas huellas perrunas por escalera, sala cocina, en fin por donde pasaba.




Ese es mi Ruffo, amigo con una personalidad; que subrayaba con sus días en mi familia lo que Bernard Shaw dijo: Mientras mas conozco a los humanos, ¡más quiero a mi perro!.




Te has ido al cielo perruno que ojala exista, pero nos has hecho felices en los casi seis meses que compartiste con tu familia humana.




No sé que te mató, o la infección a tu estómago, o el virus, pero la desidratación es la que te arrebató la vida.




Chao hijo Ruffo, nieto, amigo, hermano, sobrino; siempre estaras con nosotros dandonos tu sencillez y tu mirada altiva y alegre.